Pasea por Circular Quay
y no mira,
sólo se deja llevar por la
brisa que acaricia al
mar de Tasmania.
Y se tuerce como un papel,
al doblar la esquina.
La perdemos de vista
pero cuando aparece,
la adoramos y ella
se esfuerza por proyectar
sombra.
La mujer flaca,
no llora ni sonríe,
por miedo a que los surcos de la vida
cartografíen su existencia.
La mujer flaca pierde el tiempo
en aparentar ser libre,
mientras la gorda
disfruta de lo que ella no tiene.
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