Treinta y tres orientales cruzan la calle y respiran
dejan los pasos atrás,
y se agolpan en el estadio,
dejan caer los papeles y se ponen una camiseta azul y roja,
el color azul y grana es sólo una opción de las treintena que hay en el país
Han dejado sus pueblos,
han dejado familia,
unos, la han enterrado.
Un viaje tan largo, sólo se hace
por desesperación
y por dolor.
El dolor de no recordar más,
sino el pasto,
sino el aire,
sino la casa húmeda y dejada.
Por la muerte,
por las risas
por el estofado de arroz.
Pero la fabrica promete
nada es controlado aquí,
el barrio calla en sus paredes grises,
hasta el sol es gris y calla.
Treinta y tres orientales miran el cerco,
se cuelgan, tiran de él hasta romperlo,
pasan a formar parte del partido,
salen en televisión,
se dejan fotografiar con los jugadores,
sonríen, intentan mezclarse con los
otros.
Los otros ya no están más,
sólo ellos, en una celda despojada
de la dignidad.
Treinta y tres orientales pasean dormidos,
esconde su cabeza en el abrigo,
suben al autobús, miran al cruzar,
compran el diario, vuelven al bar,
no se saludan, no se miran
no toman el mismo autobús,
sólo comparten el bar.
(Treinta y tres orientales es una calle del barrio de Boedo en Buenos Aires)
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